Cuando el presidente se lava las manos
Esto se anima. Luz verde. Carta blanca. En Can Barça se ha abierto la veda. El conocimiento por parte de los miembros de la Junta de la renuncia de Sandro Rosell a presentarse a la reelección en el 2016 tiene el gallinero movido, y muy movido, y más movido. En el club hay quien ya piensa en hacer carrera y hay también quien ya sabe que su carrera tiene fecha de caducidad y ha puesto manos a la obra para que la aventurilla en el Barça resulte provechosa al final del camino.
Vilarrubí, Cardoner y Faus buscan adeptos. Bartolomé se lo piensa. ¿Y el presidente? Deja hacer. ¿Sí? Sí. Porque Rosell está más ocupado en sus 'business' que en poner orden dentro de una directiva que empieza a ser una olla de grillos. Sandro se lava las manos. No baja al barro. Ni dice nada de nada. Y la carrera por la sucesión, para liderar el continuismo, se ha desatado, y el “vale todo” se empieza a imponer en una directiva que nada tiene que ver con la que puso un pie en el club el verano de 2010. Los vicios del poder se dejan ver en el club a diario y cada vez con más y más fuerza, un hecho que se ha agravado por la complacencia de un presidente que mira hacia otro lado: si tú no preguntas por mi yo no pregunto por lo tuyo. Así de simple.
Los gallos del gallinero han olido el poder y han comenzado con los primeros movimientos para hacerse con el control. Y el resto de la escena es para enmarcar: Rossich, director general, lleva el club desde la sombra con la austeridad que le asegura el variable anual, los asesores asesoran que mejor no tocar nada, no sea que de tanto tocar acabara también con el poner la mano a fin de mes y los ejecutivos ya saben que la vaca puede dejar de dar leche en 2016. Y Sandro. Un ídolo. Porque Rosell hace agenda, y más agenda, y más agenda como si nada. ¡Fantástico!
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